“El viejo aficionado miró hacia atrás con resignación. Las luces intensas del campo de batalla observaban el largo éxodo de las hordas derrotadas. Sin dejar de caminar entre la bruma, y aún apretando con celeridad el paso, recordaba con rabia lo ingenuo que había sido, unas pocas semanas atrás, cuando quebrado de años su ánimo de gloria, y alentado por una mínima esperanza, había hecho atrevimiento de fe y aún hubiera jurado en público y si hubiera sido menester mediante bravata, que este año sí que tendríamos una campaña tranquila, holgada incluso como para inquietar a baterías repeinadas como aquellas que cortaban ahora el bacalao de la liga. Más todo eso se fue al pique, pensaba mientras raudo y aterido por el frío repentino de noviembre, trataba de ganar su morada.
En el triste camino de retorno a casa, con lo ya que de triste tienen las noches de domingo, que barruntan el fin del asueto festivo, nuestro hombre tiene ocasión de rozarse con otros que se afanan en andar y olvidar. Son gentío, que no muchedumbre, pues no para muchos era propia la velada, por desapacible y por agorera. Oye voces peregrinas, de quienes hablan con quienes. Los hay que van solos como él, y los que en grupo marchan y comparten. Las voces van, vienen y se marchan. Todas parlan sobre asuntos del negocio, y muchas de ellas son amargas, aunque haylas también de chanza, pues no escasea en nuestra tierra el espíritu socarrón de aquel que contempla la desgracia con mirada cínica.
En el triste camino de retorno a casa, con lo ya que de triste tienen las noches de domingo, que barruntan el fin del asueto festivo, nuestro hombre tiene ocasión de rozarse con otros que se afanan en andar y olvidar. Son gentío, que no muchedumbre, pues no para muchos era propia la velada, por desapacible y por agorera. Oye voces peregrinas, de quienes hablan con quienes. Los hay que van solos como él, y los que en grupo marchan y comparten. Las voces van, vienen y se marchan. Todas parlan sobre asuntos del negocio, y muchas de ellas son amargas, aunque haylas también de chanza, pues no escasea en nuestra tierra el espíritu socarrón de aquel que contempla la desgracia con mirada cínica.
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